La Zarzuela, un palacio fantasma

Con Juan Carlos en el extranjero, solo Sofia y su hermana Irene habitan el gigantesco edificio, que acarrea unos gastos millonarios.

El palacio de la Zarzuela fue la residencia oficial de Juan Carlos (83) y doña Sofía (82) y el símbolo de su reinado y la familia que formaron, pero, con la marcha del emérito, ahora solo su esposa y la hermana de esta, la princesa Irene (78), habitan las tres plantas del enorme edificio. Los reyes actuales, Felipe (53) y Letizia (48), y sus dos hijas viven a dos kilómetros de distancia, en el pabellón del Príncipe, y el soberano solo conserva en su antigua casa familiar su despacho. Esto no conlleva que los gastos de su conservación disminuyan, muy al contrario, ya que siguen siendo los mismos para mantener en perfecto estado las estancias de una residencia que apenas se usa. La periodista Pilar Eyre ha desvelado que solo al servicio de limpieza profesional se destinan 893.000 euros anuales, a los que habría que sumar los 250.000 euros que cuesta mantener las dos piscinas a punto.

El PABELLÓN DE CAZA

El palacio languidece, ya que los monarcas apenas lo usan para algún acto oficial, pero el personal sigue siendo el mismo que antaño e incluye 600 empleados entre funcionarios, escoltas y los 60 conductores para los 44 coches oficiales de los que dispone Casa Real y que por la pandemia, que ha reducido notablemente la actividad institucional de los reyes, estén casi sin actividad. Cifras a las que se suman el mantenimiento de los jardines y los gastos corrientes, además de los del pabellón donde descansan los más de 1000 trofeos de caza del rey emérito. Se trata de una nave que tiene su propio equipo de seguridad, servicio de limpieza y calefacción porque las piezas, muchas cabezas de animales, deben permanecer a una temperatura constante de 22 grados. Los objetos que Juan Carlos usaba siguen en sus aposentos, incluida su colección de relojes de lujo, valorada en varios millones de euros y que se guarda en una vitrina especial también a temperatura constante. Recuerdos de un pasado como rey que descansan en un palacio que vivió tiempos mejores.

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