La verdad sobre la muerte de Octavio Aceves

Durante años, Octavio Aceves fue uno de los personajes más queridos del panorama social, donde se codeó con lo más granado del cine, la televisión, la política y hasta la aristocracia. De ahí que su muerte, el pasado 22 de mayo a los 73 años, causara una gran conmoción. Y, a pesar del maravilloso recuerdo que el vidente ha dejado tanto en el público como en aquellos que le conocieron, su último adiós se ha visto empañado por ciertas informaciones que han apuntado a que el argentino —que padecía alzhéimer— murió solo, arruinado y alejado de todos los que le querían.

De ahí que Rubén Barea (44), uno de sus mejores amigos, además de discípulo, haya dado un paso al frente para contar la verdad sobre el final del vidente de los famosos. Precisamente es contra estos contra los que carga, puesto que, según dice, todos los rostros conocidos que tanto se vanagloriaban de ser amigos de Aceves y que se han mostrado tan compungidos por su muerte fueron quienes peor se portaron con él:

«Octavio nunca ha estado solo y siempre ha estado accesible, pero nadie le llamaba porque ya no había dinero. Primero fue su ruina y ya desaparecieron sus amigos, pero luego llegó el alzhéimer y los pocos que podían quedar desaparecieron».

Una triste realidad que, según el futurólogo, el argentino nunca quiso afrontar:

«Él seguía metido en su fantasía de que sus amigos iban a ir a verle y yo incluso le mentía diciéndole que le llamaba mucha gente, porque le hacía ilusión».

MOVIDOS POR El INTERÉS

Arruinado y olvidado, Rubén, al que le unía una amistad de más de 20 años, y Macarena Romero (37), secretaria y amiga de Aceves, se convirtieron en sus ángeles de la guarda. Ellos y sus familias se encargaron de cuidarle y buscarle una residencia cuando le diagnosticaron la enfermedad.

Estuvieron a su lado en todo momento y fueron testigos directos de como los demás le dieron de lado.

«Muchos famosos nunca le quisieron, solo se aprovecharon de él, buscaron el interés y desaparecieron cuando Octavio más los necesitaba», afirma apenado Barea.

Pero tanto él como Macarena sostuvieron su mano hasta el final y ahora sueñan con esparcir sus cenizas en Capri, tal y como el vidente quería. Una última demostración de amistad inquebrantable hacia un hombre «generoso, culto, divertido, brillante y muy querido por la gente anónima».

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